" Y tembló la mente"    La piedad andaluza ante el terremoto de Lisboa de 1755 . Salvador Marín Hueso

 

     

Grabado representando a Jesús Nazareno y Nuestra Señora del Rosario como intercesores a favor de la ciudad de Cádiz ante el terremoto y maremoto de 1755.

Panorama previo: Europa a mediados del siglo XVIII

            Si aceptamos como principio que toda sociedad encuentra justificación de su identidad en todas las que la precedieron, qué duda cabe que el mundo occidental de principios del siglo XXI debe buena parte de su razón de ser a los procesos sociales, políticos, económicos e intelectuales que conformaron el devenir del siglo XVIII.

            A lo largo de dicha centuria, el continente europeo transmutará completamente su identidad, muy especialmente sus regiones católicas. Si la Edad Media fue clausurada por el Renacimiento, de la mano de la progresiva asunción del hombre como centro y condición de la convivencia política y el conocimiento, en detrimento del teocentrismo, el siglo XVIII no hará sino llevar los postulados renacentistas hasta sus últimas consecuencias. El freno que dichos postulados encontraron en la convulsión barroca del siglo XVII no supuso en absoluto su olvido, hasta el punto que bien puede afirmarse que la tensión barroca encuentra causa justamente en la postergación de los mismos. En España, este aplazamiento resulta fundamental para comprender la peculiaridad de nuestro país dentro del marco europeo, dado el firme propósito contrarreformista de sus clases dirigentes de inmunizar la península ibérica ante la "infección protestante". En efecto,

  "La radicalización temperamental de los españoles como consecuencia de la lucha religiosa de la Contrarreforma trajo por consecuencia la aparición de una serie de trabas que les impidieron o cuando menos hicieron muy difícil el poder realizar viajes de estudio al extranjero. En este aspecto, fue decisiva la prohibición emitida por Felipe II en 1559 (…) Por otra parte, la vigilancia a que se sometía la importación de libros conllevó que España siguiera viviendo anclada en la tradición del Medievo"[1].

            En el plano político, los primeros síntomas de agotamiento de las monarquías absolutas vendrán, ya en el siglo XVII, de la mano del fortalecimiento del papel de los Parlamentos en Inglaterra y Holanda. La guerra civil inglesa (1642-1649), por la que la Cámara de los Comunes impuso su predominio al rey Carlos I, fue la primera gran crisis del modelo absolutista, que, finalmente, verá iniciada su derogación histórica con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica (1776), en la que, por primera vez en la Historia de Occidente, la nación, y no el rey, se constituye en dueña de la soberanía sobre sus destinos. Cuando, del otro lado del Atlántico, Luis XVI de Francia se vea obligado a aceptar dicho principio y, a raíz de sus esfuerzos en pro de involucionar el proceso revolucionario francés, sea finalmente decapitado, la "Edad Contemporánea" echará a andar  en Europa definitivamente.

            Ni qué decir tiene que un cambio tan radical en la concepción de la convivencia venía precedido por un progresivo cambio en la concepción del mundo. A lo largo del siglo XVIII, se solidifica la filosofía ilustrada, que, en expresión de Kant, se propone conducir al hombre hacia "su mayoría de edad".

            Decisiva será la aportación del filósofo alemán en lo que a la derogación de los modelos totalizadores de comprensión de lo real se refiere: Kant, creyente, dará por clausurados los propósitos científicos de la metafísica: por un lado, por la convicción de que sólo existe ciencia en tanto se utilicen como materia observada objetos sensibles, concretos, verificables; por otro, por la defensa de un principio general que chocaba de pleno con el absolutismo político y el dogmatismo religioso: el hombre no puede definir la Verdad: puede establecer "fenómenos", formulaciones de su manera de captarla, pero jamás podrá llegar por la vía intelectual al "noúmeno", lo que la realidad en sí es.

            Kant, creyente como decíamos, defenderá la existencia de Dios, pero la imposibilidad al mismo tiempo de establecer la certeza del hecho religioso desde la razón: el ordenamiento jurídico, por tanto, no puede basarse en la ley divina (en la que, como sabemos, fundamentaban los apologistas de la monarquía absoluta el derecho del rey al gobierno omnipotente de sus súbditos).

            España, por las razones que antes apuntábamos, será adalid de nuevo en la cerrazón ante los nuevos vientos, si bien la distinción entre el "plano de la gracia" y el "plano de la naturaleza" como hechos autónomos del conocimiento, fuera defendida concienzudamente por españoles de Iglesia como el benedictino Fray Benito Jerónimo de Feijoo.

            En principio, conscientes de la necesidad de superar el Barroco, aunque sólo fuera por el necesario saneamiento económico de sus reinos, los monarcas europeos (Catalina de Rusia, Federico de Austria, los propios Borbones españoles hasta el advenimiento de la Revolución Francesa, etc) se pondrán "la la cabeza de la manifestación", mediante la táctica que tradicionalmente denominamos "despotismo ilustrado": asumir la necesidad de progreso científico, e incluso de progresivo desapego respecto al poder eclesiástico, pero eso sí, sin ceder terreno en lo que a las prerrogativas absolutas de gobierno del Rey  se refería. Un intento, como hemos visto, a la postre inútil.

            Es en este momento del siglo XVIII en el que debemos situar nuestras coordenadas mentales, a la hora de encuadrar la temática de nuestro trabajo.

La catástrofe: 1 de noviembre de 1755

            9 grados en la escala de Richter; la mayor catástrofe natural de la Historia de Europa en los últimos milenios; decenas de miles de muertos: el terremoto y posterior maremoto que, la mañana del Día de Todos los Santos de 1755, azotó el continente europeo, gozó de unas dimensiones tales que sólo las imágenes del reciente “tsunami” asiático pueden servirnos de triste medio para alcanzar a comprenderlas.

            Tuvo su epicentro en el Océano Atlántico, a unos 200 kilómetros al sudoeste del Cabo de San Vicente (extremo sudoriental de la Península Ibérica), y se dejó sentir a través de toda Europa hasta los países nórdicos, azotando el Norte de África y llegando

incluso a notarse en el Caribe.

            Dado su epicentro, Portugal y España fueron dos de los países más castigados. Especialmente conmovedor fue su efecto en la capital del reino vecino, hecho que hizo pasara a denominársele "el terremoto de Lisboa".

En efecto, de una población lisboeta de unos 275.000 habitantes, se calcula que murieron unos 90.000, y la inmensa mayoría de los vecinos de la capital portuguesa perdieron sus viviendas: el 85% aproximadamente de las edificaciones de la ciudad quedaron destruidas.

            Los informes contemporáneos indican que el seísmo duró entre tres y seis minutos, para, unos veinte después del mismo, producirse un maremoto con olas de entre seis y veinte metros de altura (auténticos bloques de pisos), que engulleron casi por completo Lisboa y otras poblaciones portuguesas, hispanas y norteafricanas.

            El primer ministro portugués, Sebastiao de Melo, el futuro Marqués de Pombal, resultó ileso[2]. Su actuación ante el desastre estuvo marcada por un dinámico pragmatismo, rehuyendo la tradición barroca de lamentación a la divinidad en favor de una  decidida actuación "humana" para paliar los efectos de la catástrofe: actitud elocuente, sin duda, del cambio dieciochesco de paradigma mental que glosáramos líneas arriba. Dicho pragmatismo llegó a enfrentarle con el estamento eclesiástico, especialmente por su ciertamente cruda decisión de hundir cadáveres en el mar sin darles sepultura,  para frenar en seco el riesgo de epidemias.

            Tras la conmoción, Melo instó al Rey a emprender un programa integral de reconstrucción de Lisboa, de manera que, en menos de un año, la ciudad ya estaba libre de escombros y comenzaba a rehabilitarse, en forma y modo que  la configuración actual de la capital portuguesa se presenta marcada por los planteamientos urbanísticos ilustrados de Melo y los arquitectos contratados por el Rey (calles amplias y rectas, trazado "de escuadra y cartabón", etc).

            El paradigma ilustrado que marcó el comportamiento del primer ministro se manifestó igualmente en la subsidiariedad del escrutinio de la voluntad divina a la hora de dar justificación al cataclismo, para en su lugar, proceder a una indagación científica en torno a las causas y comportamientos del desastre: los cuestionarios enviados por el futuro Marqués de Pombal a todas las parroquias portuguesas, una vez respondidos por las mismas y archivados, son la fuente por la que hoy en día resulta posible conocer con una exactitud bastante aproximada la aciaga jornada, y, de hecho, son una de las actas fundacionales de la sismología moderna.

            La magnitud del desastre hizo temblar no sólo las casas, sino también las conciencias de los europeos. El mentado proceso de mutación de paradigmas dieciochesco encontró en el Terremoto de Lisboa un acicate fundamental, hasta el punto que son muchos los historiadores que, puestos a señalar una fecha, establecen la del terremoto como momento clave en el paso del Barroco a la plena Ilustración.

            Por un lado, pensadores como Voltaire (quien escribiera un "Poema al desastre de Lisboa" y glosara el mismo en una de las obras fundamentales del siglo, su Cándido) encontraron en el terremoto la prueba definitiva de la invalidez del principio de un Dios ordenador. Por otro, aquellos autores que no vieron cancelada su religiosidad de la mano del proceso ilustrado, sí que aceleraron, sin embargo, los ya por entonces pujantes propósitos de separación de la metafísica y el resto de las ciencias: el Dios del amor no podía haber deseado mediante su intervención directa la muerte de tan ingente cantidad de víctimas inocentes. A la hora de analizar las causas de la catástrofe, Dios debía de ser, en consecuencia, excluido.

            Una vez más, Kant fue claro exponente de esta actitud, pues, aún joven (nació en 1724), se consagró a la tarea de buscar una explicación rigurosamente científica a los hechos, mediante una compilación de datos en torno a los mismos fruto de la cual nacieron sus obras Sobre las causas de los terremotos con ocasión del siniestro que ha caído sobre las regiones occidentales de Europa a finales del año pasado (1756) e Historia y descripción natural de los sucesos más singulares que a finales del año 1755 sacudieron a una gran parte de la tierra.

"Hasta aquí, Madre mía": la piedad andaluza ante la catástrofe  

            España, ya lo decíamos, mantenía un ritmo intelectual y espiritual claramente diferenciado del de su entorno europeo. Su papel de estandarte de la Contrarreforma hizo de nuestro país y sus dominios transatlánticos el más fervoroso ejemplo de participación en el paradigma barroco y asunción de la dogmática católica como piedra de toque de la actividad científica.

            Por ello, las actitudes de Pombal o Kant encuentran clara réplica en el comportamiento de los españoles ante la jornada del 1 de noviembre de 1755 y sus secuelas. A la hora de explicarla, la consabida justificación del castigo divino salió a relucir, y, para protegerse de él, la petición de auxilio a los iconos devocionales católicos se impuso por toda nuestra geografía.

            En el caso andaluz, la figura de María fue, a lo largo y ancho de su territorio, la predilecta, a la hora de buscar auxilio ante el desamparo material y el desconcierto espiritual. Una vez más, encontramos en ello una manifestación del calado de la Contrarreforma en el subconsciente colectivo, pues, no en vano, la defensa del carácter intercesor y protector de la Madre de Cristo había sido revitalizada por el Concilio de Trento para marcar vigorosamente las distancias respecto a la Reforma Protestante y su cuestionamiento del culto a la Virgen y a los santos.

            Si a ello unimos la exaltación de la Eucaristía que el Cabildo Catedralicio sevillano (engarzándola a la devoción a la Inmaculada Concepción), realizó a raíz del desastre (Lutero, como es sabido, había cuestionado la presencia real de Cristo en el sacramento eucarístico), se constata cómo los aires nuevos que soplaban en los cerebros de la nueva Europa apenas si lo hacían en los de las élites y  clases populares andaluzas de mediados del siglo XVIII, imbuidas aún del entusiasmo tridentino.

            A continuación, y para hacer más pedagógica nuestra atención al fenómeno, analizaremos por separado el comportamiento de distintas localidades andaluzas en torno a aquellas funestas jornadas de noviembre de 1755, en concreto los de Sevilla, Cádiz y Málaga: la comunión espiritual entre dichas poblaciones quedará sobradamente de manifiesto sin necesidad de énfasis por nuestra parte.

Sevilla

            A tan sólo unos 500 kms. del epicentro del terremoto, el mismo hizo atronador acto de presencia en una ciudad que, como  todo el orbe católico, vertebraba aquella mañana su actividad en torno a los oficios matinales de la festividad de Todos los Santos. Las crónicas refieren que en la Catedral Metropolitana se celebrabra Misa de Tercia cuando las ondas sísmicas comenzaron a hacerse sentir. Las palabras del libro de Actas Capitulares del Cabildo Catedral sirven de elocuente refrendo a los apuntes generales que hemos realizado en torno a la situación mental media del católico andaluz que sufrió aquella jornada:

  "La Majestad  Divina manifestó su justa irritación con que por nuestras culpas teníamos indignada su justicia, avisándonos por medio de un espantoso terremoto que duró como unos diez minutos, por medio del que vimos evidentemente querer Su Majestad Divina acabar con nosotros en ese mismo instante, a no mediar su Madre Santísima, como amparo de pecadores, por cuya intercesión nos libertamos de tan justo estrago".

            Los cultos no sólo no se interrumpieron, sino que, pasada la primera conmoción, la misa se trasladó a la Plaza de la Lonja (actual del Triunfo), seguida de una procesión.

En recuerdo de dicha celebración, se erigió el templete concepcionista que aún hoy puede ser contemplado a espaldas del Archivo de Indias, ante el cual el Cabildo Municipal y Eclesiástico se comprometieron a hacer estación anual en voto de acción de gracias por la salvación de la ciudad, entonando en él un "Te Deum".

  La piedad popular sevillana no hizo sino acrecentar el número de leyendas intercesoras: así,  la Giralda había permanecido en pie gracias a su sostenimiento por parte de Santa Justa y Santa Rufina, las patronas de la ciudad[3]; la collación parroquial de la Magdalena atribuyó a la imagen de Nuestra Señora del Amparo la integridad del templo y la buena fortuna de sus  feligreses tras el temblor, lo que conllevó su recono-

cimiento como protectora de la misma; por su parte, Nuestra Señora del Rosario, titular de la Hermandad de las Siete Palabras, recibió igualmente voto parroquial perpetuo de acción de gracias.

            En el ámbito de influencia de la capital hispalense, encontramos los mismos comportamientos: la patrona de Salteras, la Virgen de la Oliva, fue procesionada de forma extraordinaria; en Marchena, la Hermandad del Santo Rosario de la Aurora María hizo voto de procesión de acción de gracias a perpetuidad cada uno de noviembre, etc

Cádiz

            La capital gaditana, junto a poblaciones como Conil (totalmente arrasada), fue uno de los enclaves peninsulares que más sufrieron las consecuencias de la catástrofe. Terremoto y maremoto azotaron a la ciudad, rompiendo las olas de este último (se calcula que hasta de 18 metros) los muros de contención portuarios: ello conllevó el anegamiento de los barrios bajos, pero, a la vez, gracias al ejercicio de resistencia realizado, se evitó lo que podría haber supuesto la práctica destrucción de la ciudad.

            La jornada, así pues, encontró en Cádiz uno de sus momentos más caóticos a lo largo de la geografía andaluza. De las oraciones colectivas que espontáneamente surgieron para clamar por el cese

del desastre, caló en la memoria la dirigida por el fraile capuchino Fray Bernardo de Cádiz, quien la centró en torno al estandarte de la imagen de Nuestra Señora de la Palma.

Al parecer, el maremoto empezó a ceder durante el rezo del rosario por él dirigido: de ahí la atribución al fraile del logro, a raíz de exhortar a las aguas a retirarse mediante el grito "¡Hasta aquí, Madre mía!", así como el subsiguiente voto perpetuo de acción de gracias del Cabildo Municipal a la imagen de la Virgen de la Palma.

            En El Puerto de Santa María y otras localidades del litoral atlántico, la jornada fue igualmente aterradora. El presbítero portuense Joseph Fernández Mancebo dejó escrito en 1756 que en su localidad

  "a poco rato creció el río con tanto ímpetu que anegó todas las casas de la Ribera y llegó hasta la calle de la Victoria, cosa nunca vista".

  Málaga

            Tal y como actualizó en nuestra mente el "tsunami" asiático del mes de diciembre de 2004, todo terremoto y maremoto suelen conllevar réplicas en las jornadas subsiguientes. Así ocurrió en 1755, lo cual generalizó en el territorio andaluz una situación de histeria colectiva ante el permanente sentimiento de indefensión. El 27 de noviembre, y tras la vivencia del temblor del día uno, la ciudad de Málaga se vio sacudida por el rumor de que, como ocurriera en Cádiz, las aguas se disponían a "devorar la ciudad". Dejemos que sea el canónigo catedralicio Cristóbal Medina Conde, por medio de sus emblemáticas Conversaciones Históricas Malagueñas, quien nos relate lo acontecido, tanto el primero de noviembre como en aquella nueva jornada de pánico semanas después:

"Sabido es el formidable terremoto del día de Todos los Santos de este año de 1755, casi general en toda Europa, que no se apartará de la memoria de los nacidos: duró de 8 a 10 minutos en las tres repeticiones que tuvo, entre 9 y 10 de la mañana, a la hora que se cantaba la Misa mayor, la que dejaron los Ministros, y Auditorio, buscando en las plazas algún asilo.

  En reconocimiento de haber Dios preservado a Málaga de los funestos efectos que lloraron muchas ciudades, el Cabildo de la Catedral, de acuerdo con el de la ciudad, decretó hacer memoria solemne todos los años desde las Vísperas en acción de gracias de este beneficio (…) La Congregación del Rosario de la Parroquia de los Santos Mártires se erigió entonces en Hermandad con el título de “la Concepción”, y el de los Remedios, votando salir perpetuamente a la misma hora rezando el Santo Rosario por las calles en Procesión.

  A 27 del mismo mes y año, y casi a la misma hora de las diez y media, hubo otro temblor, llamado "del Agua", que duró de 5 a 6 minutos: a éste siguió una falsa voz que se salía el mar, y fue tanta la conmoción de todas las gentes, que desampararon sus casas y tiendas, dejándolas abiertas, y en el estado en que estaban vestidos se fueron a los campos, alturas de Gibralfaro, y aun a las viñas de Chapera, y los montes se llenaron de gentes, sin poderlas contener. Costó mucho al Magistrado sosegarlos, demostrándoles era todo un temor pánico y falsedad (…) Desde entonces hace una función de acción de gracias con Misa y Sermón en tal día en la Parroquia de los Mártires la citada Hermandad. La Ciudad celebra otra fiesta en la Victoria en dicho día, yendo a dar las gracias a Nuestra Señora por haberse libertado de tanto mal por su piadosa intercesión[4](…) En la Alcazaba se fundó por las mugeres sus vecinas una Hermandad del Santo Rosario, que salían cantando de noche dentro de su recinto"[5].

Medina Conde olvidó mencionarlo, pero tal y como Fray Bernardo de Cádiz, los hermanos del Santo Rosario de Nuestra Señora de los Remedios de la Parroquia de los Mártires, confiaron en la imagen de su titular, y la procesionaron hasta la malagueña Puerta del Mar, para que la efigie evitara el desastre. En tanto éste no se produjo, no pudieron por menos que atribuir su buena fortuna a la Señora de los Remedios.

          La divinidad, en suma, causa tanto del desastre como de la salvación, de la mano ésta de la intercesión del icono devocional fundamental de la Contrarreforma, la Virgen María.

......

            En este año de 2005, CCL Aniversario de la catástrofe, se ha conmemorado la misma a lo largo y ancho del territorio andaluz. Procesiones extraordinarias, exposiciones, indulgencias episcopales, etc… han reactualizado aquellas funestas jornadas y la reacción piadosa del pueblo andaluz ante las mismas. En casos como Málaga, la efeméride ha ayudado en buena forma a la revitalización del culto a Nuestra Señora de los Remedios, a quien la Parroquia malagueña de los Santos Mártires, como glosaba Medina Conde, reconociera hace dos siglos y medio como intercesora.

            Hoy, comienzos del siglo XXI, la lucha ilustrada por la separación del "plano de la gracia" y el "plano de la naturaleza", de la que tan ajenos fueran los andaluces que sufrieron los horrores de aquel mes de noviembre de 1755, ha pasado a formar parte del propio magisterio de la Iglesia Católica. Por ello, y como colofón a este modesto trabajo, no estaría de más incitar a las Hermandades y devotos herederos del legado espiritual emanado de la catástrofe, que, al sentimiento de fraternidad emocional con sus antepasados, se le uniera una renovación profunda de su carisma, centrándolo en una especial sensibilidad hacia los pueblos de la Tierra que, en nuestros días, siguen sufriendo los estragos de los crueles caprichos de la Naturaleza.

            En pocas semanas, se cumplirá un año del funesto "tsunami" del sudeste asiático, y, periódicamente, ciclones, tempestades e inundaciones se cobran la vida y el futuro de decenas de miles de personas a lo largo y ancho del globo: ningún mejor voto de acción de gracias que la comunión con ellos en el espíritu y en la ayuda.

BIBLIOGRAFÍA

BURGOS, Antonio, “De 1755 a 2005”, en El Mundo de Andalucía, 1/11/2005

MEDINA CONDE, Cristóbal, Conversaciones Históricas Malagueñas, 4 tomos, Málaga, Caja de Ahorros Provincial de Málaga, 1981.

VV.AA., Historia Universal Salvat, Tomos 13 y 14, Barcelona, Salvat, 1999

La Enciclopedia libre, www.wikipedia.org

Boletín de las Cofradías de Sevilla, nº 561, Sevilla, Consejo de Hermandades y Cofradías, noviembre de 2005.


[1] JUTGLAR, A. y FLORIT, J., “Líneas generales de la trayectoria del siglo XVII y Guerra de los Treinta Años”, en Historia Universal Salvat; Tomo 13: La Edad Moderna, Barcelona, Salvat, 1999.

[2] Milagrosamente, la familia real portuguesa escapó con vida del desastre, a pesar de que el Palacio Real de Lisboa, situado junto al estuario del río Tajo, fue derribado por el efecto conjunto de las ondas sísmicas y las olas: la ausencia de la ciudad del Rey  José I y su familia, en virtud a la jornada festiva de Todos los Santos, preservó a Portugal de una crisis de gobierno de consecuencias incalculables. José I pasaría a sufrir tal miedo a las construcciones cerradas que, hasta su muerte, la Corte portuguesa se alojó en un vasto recinto de tiendas de campaña a las afueras de Lisboa.

 

[3] De tal creencia derivaría el modelo iconográfico de representación de las santas portando el campanario catedralicio, modelo recogido, por ejemplo,  en el soberbio óleo de Francisco de Goya de la Seo hispalense en honor a Justa y Rufina.

[4] Santa María de la Victoria era y es Patrona de Málaga

[5] MEDINA CONDE, Cristóbal, Conversaciones Históricas Malagueñas, Tomo IV  (1793), Málaga, Caja de Ahorros Provincial de Málaga, 1981.

 

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