Et In Arcadia Ego. Ecos de la Semana Santa andaluza en la poesía del siglo XX (Una aproximación). Salvador Marín Hueso

 

                                                   para Almudena, que sabe del corazón traspasado

 

“SOMOS FEROZMENTE RELIGIOSOS (... ) Es hora de abandonar el mundo de los civilizados y su luz (... ) La vida siempre ha tenido lugar en un tumulto sin cohesión aparente, y sólo encuentra su grandeza y su realidad en el éxtasis y en el amor extático. Quien pretende ignorar o desconocer el éxtasis es un ser incompleto cuyo pensamiento se reduce al análisis”.

Georges Bataille, “La conjura sagrada”

 

 

 

 

La historia contemporánea de Occidente está marcada, sin duda, por un hecho decisivo: el destierro kantiano de las posibilidades de la  metafísica como ciencia,  y, a  partir de él, la progresiva asunción general  del paradigma ilustrado, con su confianza en la ciencia empírica  como vía cognitiva y en la razón laica como argamasa social. Sin embargo, esto no ha supuesto, en absoluto, la clausura de lo sagrado.

       Ciñéndonos al campo de la literatura, la presencia -implícita o explícita- del legado cristiano, en tanto expresión preponderante de la espiritualidad europea, no sólo se ha mantenido, sino que, en cierto sentido, ha aumentado su fuerza: liberado del control eclesiástico, el escritor ha tenido campo abierto para recrear el dictado del dogma según sus inquietudes y perspectivas.

El trabajo que nos hemos propuesto es atender -de una forma totalmente precaria por limitaciones de espacio y capacidad- una confluencia apenas estudiada: aquella que se ha dado, a lo largo del siglo XX, entre la celebración de la Semana Santa, según los cánones del movimiento cofrade andaluz,  y algunos destacados autores y movimientos de la poesía en lengua española que, según nuestro criterio, lograron alejarse de tópicos reduccionismos al respecto; ajenos, pues, a situaciones como la denunciada recientemente por el escritor Antonio Zoido, en relación a la lírica acogida al fenómeno cofrade como fuente de inspiración :

 

 "el manoseo reiterativo de las mismas metáforas ha destruido la polisemia, la multiplicidad del sentimiento ante la misma visión, la virtud de la interiorización personal e intransferible del hecho que transcurre, la lira mínima y diversa, sentimental y profunda (... ) mientras la fiesta, íntima y trascendente, discurre por otra calle. Sin tener nada que ver con el discurso" [1].

 

            Poetas preocupados por renovar lenguajes para vivificar esencias, salvándolas de palabras / sepulcros, y que participan, en su revisión del código pasionista, en muchas de las inquietudes medulares de la poesía de su tiempo. No en vano, por su parte, es en el siglo XX cuando la Semana Santa andaluza adopta los cánones según la cual es entendida hoy  día,  y no de una forma casual o anacrónica, sino en coherencia (sin duda, eso sí, singular) con la realidad contemporánea [2].

 

Como señala el profesor Isidoro Moreno es

 

  "el tipo concreto de modernidad andaluza ¾y no la presunta continuidad de contenidos culturales tradicionales¾ el que da cuenta de la vigencia, dinámica y significaciones actuales de nuestros rituales festivos religiosos"[3].

 

La Semana Santa,como la poesía, es una realidad viva, y no una mera repetición formal de un rito, toda vez que se nutre de un lenguaje simbólico  y todo símbolo es susceptible de diversas significaciones. Así ocurre con la palabra, muy especialmente cuando asume la función de signo literario.

 

Semana Santa y poema son realidades abiertas a la permanente

 

 "redefinición de significados manteniendo los significantes, tanto en sus aspectos formales como en algunas de sus significaciones anteriores, que no quedan anuladas con la incorporación de otros nuevos"[4].

 

Para exponer las relaciones entre ambos hechos, y desde la atención primordial a los textos, vamos a atenernos a un criterio de sucesión cronológica de los fenómenos a tratar, sin dejar de tener presente, en ningún momento, que la actividad artística se caracteriza por la tensión continua entre impulsos que conviven en el tiempo, sin que ninguno desplace del todo a los demás[5].

 

La literatura en lengua española comenzó el siglo XX sacudida por un grito de libertad  lanzado desde la margen americana del Atlántico:el llamado del modernismo, heterogéneo movimiento,que,como señala la profesora Selena Millares[6], encuentra precisamente en ese anhelo de libertad (en forma y contenido) su seña de identidad fundamental.

 

El Romanticismo experimenta una mutación superadora. Frente al lenguaje apegado al concepto, el modernismo abre  la poesía al goce sensorial, al deleite estético, a la musicalidad versal...Al detalle preciosista, como el de unas golondrinas que despojan de espinas la corona de Jesús del Gran Poder y del trianero Cachorro, en sonetos de Manuel Machado y los Álvarez Quintero respectivamente[7].

 

El afán modernista, como apunta Antonio Garrido, resulta ciertamente un correlato perfecto para ese “barroquismo sensorial muy andaluz en la manera de entender y vivir lo religioso, con un claro predominio de los factores sensitivos”[8], tan propio del hecho cofrade.

 

            Se desarrolla,además,en la época en  que Juan Manuel Rodríguez Ojeda emprende su revolucionaria labor de sofisticación estética en la Semana Santa de Sevilla y poco queda para que Luis de Vicente haga lo propio en Málaga, al transformar las andas malacitanas en “tronos”. Los pentagramas que acompañan a los cortejos procesionales estilizan sus compases, hasta el punto de entusiasmar a uno de los grandes transformadores de la música universal, Igor Stravinsky[9].

 

            Uno de los más destacados representantes meridionales de la inquietud modernista es el malagueño Salvador Rueda:su controvertida valoración crítica no empaña su indudable papel histórico en el desarrollo del movimiento.

 

            En él, encontramos otro aspecto fundamental del mismo:la conciliación de mundos, muy especialmente, de los dos grandes cimentadores de la cultura occidental, el clásico y el cristiano (voluntad continuada en el tiempo, sin duda con mucho más acierto, por maestros como Pablo García Baena).

 

 En esta línea, la Semana Santa aparece a los ojos del poeta como expresión encarnada de esa voluntad: fiesta en la que "las imágenes nos recuerdan las de Roma por su grandeza"  y "la población abre los labios a la risa como bacante echada sobre el lecho de flores de la primavera"[10]; percepción coincidente con la del poeta sevillano Felipe Cortines Murube, quien, en 1920, verá convertirse su ciudad en "Nueva Jerusalén y Nueva Roma"11] gracias al rito cofrade.

 

 

Pluma de ángel seré, si tú me rizas;

chispa del sol seré, si me desprendes;

seré hoguera de amor, si tú me enciendes;

iris seré de paz, si me matizas.

 

Cuerda de arpa seré, si me electrizas;

incensario seré, si me suspendes;

Santa Forma seré, si a mí desciendes;

seré panal de magia, si me hechizas.

 

Si me envuelve tu luz, seré ternura;

si me inflama tu fe, seré hermosura;

seré perfecto, si tu imán me toca.

 

Y seré inspiración, brío, grandeza,

honor, verdad, virtud, perdón, belleza,

con sólo un beso que me dé tu boca.

 

Con estas palabras, Rueda trenzó su soneto dedicado al Cristo de la Buena Muerte de Pedro de Mena, desaparecido en el saqueo de la malagueña Parroquia de Santo Domingo de mayo de 1931[12]. Crucificado-Sol;Cristo-Apolo, centro de convocatoria de todos los sentidos, capaz de transformar en perfecta sustancia bella con sólo un beso que dé su boca:erótica de la trascendencia.

 

Poética de la evanescencia y  la sensación envolvente, como la que deriva del son de las trompetas procesionales, evocadoras en el poeta malacitano José María Souvirón de nostalgias brumosas/ como un deshojar de rosas/que cae sobre el corazón [13].Gusto por lo delicado , que hará a Adriano del Valle, pasados los años, contemplar a la sevillana Virgen de la Amargura frágil como la libélula, / con tanto aroma calzada / y en tanto pétalo breve[14].

 

La figura de Adriano del Valle nos sirve de engarce con una de las más fascinantes experiencias de las que queremos dar cuenta:el diálogo entre la aventura iconoclasta de las vanguardias y el delirio sacro de la Semana Santa.

 

Como introducción general a los planteamientos de las vanguardias (siempre en plural), se hace casi obligado acudir a un ensayo fundamental, La deshumanización del arte, de José Ortega y Gasset. En él, el filósofo plantea como premisa que el objeto artístico lo es

 

" en la medida que no es real  (... ). El retratado y su retrato son dos objetos completamente distintos: o nos interesamos por el uno o por el otro" .

 

Planteamientos como los del romanticismo, el realismo o el naturalismo,no habrían aportado arte, sino "extractos de vida". Por otro lado, resultaría  imposible definir estrictamente lo real, toda vez que

 

 "una misma realidad se quiebra en muchas realidades divergentes cuando es mirada desde puntos de vista distintos".[15]

 

Tal es justamente la aspiración del poeta de vanguardia:explorar todas las perspectivas que sea capaz,  contemplar haz y envés, provocar un dislocamiento de la lógica convencional  que derogue dogmas, imposiciones y visiones cerradas de lo real: más aún, crear desde el poema nuevas realidades que amplíen el mundo: "dejad que la rosa florezca en el poema”, apremiará el chileno Vicente Huidobro.

 

A cambio, no se ofrecen alternativas preceptivas, como advierte tempranamente Tristan Tzara en su llamamiento dadá:

 

"Yo mantengo todas las convenciones¾ suprimirlas sería crear nuevas convenciones y eso nos complicaría la vida de una manera verdaderamente repugnante (...). Dadá sitúa antes de la acción y por encima de todo: a La Duda. DADA duda de todo. Dadá es tatú. Todo es Dadá. Desconfíen de Dadá".[16]

 

El poeta argentino de vanguardia Oliverio Girondo así se reconoce:

 

 "Yo, al menos, en mi simpatía por lo contradictorio -sinónimo de vida- no renuncio ni a mi derecho a renunciar".[17]

 

Todo cabe,en efecto,en la vanguardia, porque todo permanece inédito a la espera de visiones novedosas, de experimentos de

 

“emborronamiento con una función clara de contraste de las fórmulas de representación prefabricadas "[18].

 

 En Sevilla, agrupados en torno a revistas como Grecia o Mediodía, Adriano del Valle, Isaac del Vando-Villar, José de Ciria y Escalante, Juan González Olmedilla y otros, con Rafael Cansinos-Asséns como patriarca, se adhieren a la aventura. Al salir del café, se encuentran con la ciudad de la gracia, primer objetivo a fragmentar para recomponer en nueva perspectiva. En la primavera, un extraño rito se adueña de sus calles: y lo encuentran fascinante.

 

La Semana Santa se presenta ante ellos como un ámbito conciliador de contrarios aparentemente incompatibles entre sí, un centro vertebrador de lo puro y lo impuro, que les hace posible el deseo de Baudelaire: ser a la vez, en la revolución, “víctima y verdugo, para disfrutar así de todas las experiencias”. Una vía de escape frente a la religiosidad rancia y el dogma de la razón. Hechizados, harán acopio en sus textos de las imágenes y sugestiones de la celebración, sin por ello renunciar a sus propósitos iconoclastas. David García Romero expresa lúcidamente esta encrucijada:

 

" Una tesis:la religiosidad de Sevilla. Una antítesis:Sevilla, capital de la vanguardia. Una síntesis: la ciudad como religión de la moderna vanguardia".[19]

 

Isaac del Vando-Villar, en "El apóstol no viene", se lamentará de la ausencia de Rafael Cansinos-Asséns en los días santos de la ciudad. Como remedio, sus amigos, nazarenos tristes enamorados de las estrellas, le recordarán "en los Cristos que en las canastillas de oro de los pasos sonríen con un rictus de dulce dolor"  [20]. El mismo Del Vando, a la hora de afrontar la redacción del caligrama[21] " En el infierno de una noche", le hace adoptar forma de cruz-guía.

 

Cansinos, al invocar a Andalucía e invitarla a librarse de sus trabas seculares, le propone aprender de sus crucificados y sus vírgenes:

 

"¿ No sientes la voluntad potente que hay en el rostro contraído de fuerza y de pasión de tus Cristos y en sus omoplatos agobiados ? ¿ No ves el ansia de sonreír, el jubiloso augurio que tus Dolorosas tienen en sus ojos luminosos como madreperlas ?  [22].

 

A Sevilla arriba un compañero de batalla desde el otro lado del océano: el ya mencionado Oliverio Girondo, quien en Veinte poemas para un tranvía y Calcomanías dará testimonio de sus impresiones ante el imaginario de la gran fiesta sagrada. Gamberro contemplativo, Girondo entra en las iglesias sevillanas. Allí, encuentra a las dolorosas:

 

" Bajo sus mantos rígidos, las vírgenes enjugan lágrimas de rubí. Algunas tienen cabelleras de cola de caballo. Otras usan de alfiletero el corazón  ".

 

Inédita metáfora del corazón traspasado de María: sagrado alfiletero. El sacerdote que, mientras tanto, reza, capta igualmente la atención de la voz poética:

 

"El cura mastica una plegaria como un pedazo de chewing gum  ".[23]

 

En Calcomanías, libro publicado en 1925, Girondo dedicará una extensa prosa poética a su experiencia de la celebración en la calle, " Semana Santa ", que abarca desde sus vísperas hasta la madrugada y tarde del Viernes Santo.La lectura de este texto por parte de un lector ajeno al modus operandi de las vanguardias le hará concebirlo, quizá, como un alarde de irreverencia o desvalorización de la fiesta .

 

" Los apóstoles se evaden de sus nichos, ante las vírgenes atónitas, que rompen a llorar... porque no viene el peluquero a ondularles las crenchas (... ). En la Catedral, el rito se complica tanto, que los sacerdotes necesitan apuntador (... ) Con la solemnidad de un ejército de pingüinos, los nazarenos escoltan a los santos, que, en temblores de debutantes, representan misterios sobre el tablado de las andas ".

 

Mediante el humor de comparaciones arriesgadas, como la del caminar de la fila de nazarenos con el de una manada de pingüinos, consigue el poeta aquello que persigue ante todo,con más interés que un mero descrédito del rito:la huida de la palabra acartonada, de la mera repetición de fórmulas consabidas, ésas que critica en boca de los cofrades que alaban a su virgen, lista para procesionar en su iglesia:

 

 

"JUEVES SANTO

 

Es el día en que reciben todas las vírgenes de la ciudad

 

(... )

 

De pie en medio de la nave - dorada como un salón -las vírgenes expiden su duelo con un sólido llanto de rubí, que embriaga la elocuencia de prospecto medicinal con que los hermanos ponderan sus encantos ".

 

Girondo, abierto a la risa, recrea el inevitable cansancio del foráneo en su inmersión en la marea de la ciudad en Semana Santa:

 

" Después de la vigésima estación, si un fémur no nos ha perforado un intestino, contemplamos veintiocho pasos más , y acribillados de saetas, como un San Sebastián, los pies desmenuzados como albóndigas, apenas tenemos fuerza para llegar hasta la puerta del hotel y desplomarnos entre los brazos del portero.

 

El menú nos hace volver en sí. Leemos, nos refregamos los ojos y volvemos a leer:

Sopa de nazarenos

 

Lenguado a la Pío X "  [ 24]

 

De tal manera envuelve la celebración a la ciudad que, como si de un sketch de dibujos animados se tratara, le asalta al visitante incluso en la carta del restaurante de su hotel.

 

¿Nos hallamos ante una mera ridiculización de la fiesta? Dependerá, sin duda, de cada ojo lector. No obstante, la dedicatoria del texto aclara la posición autorial ante la celebración:

 

" A Miguel Ángel del Pino, que, con una exquisita amabilidad sevillana, inicióme en los más complicados ritos de la más bella fiesta popular " .

 

La más bella y compleja fiesta...Como para sus amigos locales, inmenso abanico desplegado de posibles.

 

Un aspecto fundamental de la sensibilidad de  vanguardia es su atención a la progresiva mecanización del mundo occidental:los nuevos inventos, las nuevas máquinas asaltan los textos. La  actitud de los poetas oscilará entre  el encandilamiento futurista de Marinetti y la visión crítica de Federico García Lorca en la vanguardia última de  Poeta en Nueva York;  la mayoría de las veces, se resolverá en una mezcla de fascinación y rechazo.

 

La prosa poética "Procesión", de Ernesto Giménez Caballero, atiende el insólito diálogo, en un mismo espacio y tiempo, del mundo barroco de la Semana Santa y el de la cada vez más poderosa tecnología. Ésta ataca a la procesión, la procesión se defiende y, finalmente, el poeta logra establecer un sugestivo espacio de fusión entre ambos paradigmas.

 

Se trata de  la misma pasión con la que Antonio Núñez de Herrera recreará la presencia, junto a la liturgia pasionista, de un dirigible en el cielo de la ciudad, en su Teoría y realidad de la Semana Santa ( 1934 )[25]: "El dirigible apareció en el horizonte como un pez de leyenda. Y era en Sevilla y Jueves Santo "Amistad entre las aportaciones de todos los siglos en el aforismo poético de Romero Murube: "Los aviadores miran a la Giralda con esa familiaridad característica de los que poseen un igual secreto peligroso: los secretos del aire", correspondiente al poemario Sombra apasionada, en que el poeta incluye su " Oración a la Virgen de la Macarena", la que logra que todo su barrio tiemble "como asentado sobre un muelle de nubes  " [26].

 

Extractamos, a continuación, algunos fragmentos de  "Procesión":

 

 

   "Toda la ciudad lanza su maquinismo contra la procesión (... ) Los automóviles llegan, aúllan, ladran (...) Pasa un avión por el cielo (... ), sahúma la tarde con el incienso de su bencina (... ) Los tranvías bogan por el horizonte (... )  Toda la ciudad tiende al ataque de la procesión . Pero a la procesión la defienden sus guardias con su casco de gala (... ) Se ve a la ciudad conspirar por todas las esquinas contra la procesión (... ) Pero ya avanzan los coraceros (... ) Los rieles del tranvía lavan con su linfa perdurable la sangre de los azotes" [27].

 

            Miscelánea que, fuera del poema, provocara estampas  como la de los aviones encargados de alfombrar de flores, para el paso de los cortejos, el "recorrido oficial" malagueño, precisamente en aquellos felices veinte. Escalofriante sería, pasadas las décadas, la encarnación real del combate librado en la fantasía de Giménez Caballero entre procesión y máquina: el atropello, el Viernes Santo de 1943, del "paso" de la trianera Virgen de la O por un tranvía.

 

            Conforme avancen los años treinta, la vanguardia irá perdiendo peso: el efervescente clima político moverá al escritor (siempre, claro, con excepciones) hacia el compromiso intelectual, en detrimento de la experimentación estética. No obstante, su decisiva aportación ha persistido en el tiempo hasta nuestros días. Dos muestras en el terreno que nos ocupa: el poeta sevillano Juan Sierra recreaba del siguiente modo, en 1982, el deambular nocturno del Cristo del Calvario, titular de la cofradía homónima de la sevillana Parroquia de la Magdalena:

 

La caoba jadeante recruje entre lirios deshechos

  cuarenta vidas de cáñamo refriegan militarmente la tierra

  y el Capitán del submarino apresado desfila con espada por entre sus atónitos

                                                                                                [ enemigos[28].

 

            También en los ochenta, Rafael Pérez Estrada reinventa, por barrocos laberintos, a la malagueña Virgen del Rocío, la Novia de Málaga:

 

  "La Condesa, casi una nínfula , yace sobre un almohadillado de raso y lágrimas, al que se ha añadido la promesa de una eterna huida en un millar de alas de vencejos (... ) Y en un desfiladero de cornucopias y chapiteles de celofán, esta procesión de los suspiros ya se acerca   a la  Iglesia de San Lázaro (...) Y es que allí, en San Lázaro, un muro  se derrama  en este Martes Santo de garrapiñadas y mostachones, peladillas y torrijas, para dejar salir a una Virgen, que no es otra que esta misma Condesa , articulada de su muerte, que , como si de lo vivo se tratase, baila en lo lento "   [29]

           

 

 

Por la calleja vienen

extraños unicornios.

¿ De qué campo,

de qué bosque mitológico ?

Más cerca,

ya parecen astrónomos.

Fantástivos Merlines

y el Ecce Homo,

Durandarte encantado,

Orlando  furioso.

 

            Así  evoca Federico García Lorca la procesión de Semana Santa:con asombro de hechizo. La repetición de tres calificaciones esdrújulas en el angosto espacio del poema  ( el tipo de acentuación minoritario de los tres posibles en español, junto a su hermano el sobresdrújulo ) da noticia de ello en el plano formal. Federico ve en el nazareno un enigmático personaje, y establece metáforas enlazándolo con seres extraordinarios, que comparten semejanza con su apariencia picuda:el unicornio y el mago. Un ser mítico, en fin, que escolta al mito de mitos, el Ecce Homo, Cristo superador de las pruebas del Héroe: nuevo Durandarte, valiente caballero de Carlomagno; nada menos que Orlando Furioso, el gran  paladín de la épica europea lanzado al galope por Ludovico Ariosto

 

" Procesión" resulta una tesela del poema-mosaico  " La saeta", perteneciente al libro Poema del canto jondo[30],en el que el poeta granadino - lejos de la exacerbación de la diferencia, al estilo de ciertos costumbrismos -  muestra la cultura popular capaz de convivir de igual a igual con la poesía culta.

 

Con ese propósito, huye de la reelaboración arqueológica de temas, en favor del descenso hacia su sustrato espiritual. Desde él, los engarza con exigentes propósitos de elegancia estética, en diálogo con las vanguardias y todas las voluntades literarias arriesgadas que le son contemporáneas.

 

Como acertadamente señala Antonio Zoido, nos encontramos ante una labor por medio de la cual se lograba

 

"cerrar, después de casi doscientos años, aquel barranco que se abriera en el siglo XVIII entre las élites progresistas y la cultura producida alrededor de las formas de vida del pueblo" [31].

 

            Respecto a nuestra búsqueda, encontramos en el poemario la presencia de iconos e intuiciones fundamentales del imaginario cofrade andaluz: la paradoja de "agonía y fecundidad", en palabras de Cansinos-Asséns,  de la Mater Dolorosa encuentra eco en el "Poema de la soleá":

 

El puñal,

entra en el corazón,

como la reja del arado

en el yermo.

 

            Motivo éste, el del puñal en el corazón (la daga de la profecía de Simeón en el Templo)[32] que se reitera a lo largo del poema: Por todas partes/ yo / veo el puñal/ en el corazón; Muerto se quedó en la calle/ con un puñal en el pecho./ No lo conocía nadie.

 

            En BAILE, dentro de "Tres ciudades", encontramos estos versos: La Carmen está bailando/ por las calles de Sevilla/ (...) En su cabeza se enrosca/ una serpiente amarilla. ¿ Cómo no recordar la serpiente del pecado, deslizada en la corona de espinas del sevillano Jesús del Gran Poder por Juan de Mesa, o por Francisco Buiza en la del malagueño Cristo de la Agonía ?

 

            "La saeta", canto de los remotos países de la pena. Canto en sombra, porque, como el amor, los saeteros están ciegos. Aseveraciones de Lorca en su conferencia  "Arquitectura del cante jondo" aclaran y amplían la imagen:

 

 " El cante jondo canta como un ruiseñor sin ojos. Canta ciego y por eso nace siempre de la noche. No tiene mañana ni tarde ni montañas ni llanos. No tiene más que una luz de noche abstracta donde una estrella más sería un irresistible desequilibrio".[33]

 

            Desde el balcón, la Lola las canta. Y en la calle, la siguen toreros y barberos. Personajes humildes, de "mala" vida ( en "Dos muchachas, leemos:cuando la Lola/gaste todo el jabón/ vendrán los torerillos ), [34] en concordancia con la Semana Santa acogedora histórica de grupos sociales marginados, tal como ha recalcado el profesor Isidoro Moreno[35].

 

 Toreros y barberos que el poeta Fernando Villalón presenta unidos en la devoción a la Esperanza Macarena:

 

              De Ignacio y Joselito

              el capote torero

              asomó por tu manto pinturero.

 

              Tu cura dice misa

              y se sienta a charlar con el barbero

              en mangas de camisa.

              Echa alpiste al jilguero

              y se come tranquilo su puchero[36].

 

 

            Son varios los poemas que Villalón dedica a recrear la puesta en escena de la Semana Santa, conectando lo popular con el humor, la sorpresa y la "reverente iconoclastia" de la vanguardia sevillana. Elegimos como muestra un fragmento del romance "Madre de la Esperanza", en el que la confianza cómplice entre poeta e imagen lleva a recrear a ésta como su novia. Terminada la Semana de Pasión, juntos acuden a la Feria de Abril:

 

              Un viaje de ida y vuelta.

              Después es feria y volvemos.

              Yo te compraré bombones

              que tengan crema por dentro.

              Iremos juntos, noviados,

              a la calle del Infierno,

              y en las cunitas más altas

              los dos solos subiremos.

              Nos haremos una foto

              en un grupo con San Pedro[37].

 

            Pero la visión poética de la Semana Santa no va a ser siempre laudatoria o fascinada. No lo es en un poema cuya significación original ha sido frecuentemente desvirtuada, hecho éste, sin duda,  legítimo, pues la obra literaria, una vez liberada por el autor, pasa a ser patrimonio del lector. No obstante, nos parece necesario, por respeto al legado espiritual de su autor, recalcar la voluntad originaria del poema "La saeta", de Antonio Machado, perteneciente a Campos de Castilla (1907-1917).

 

            En él, el poeta muestra su desvinculación con la Semana Santa andaluza:

 

                          ¡Oh, no eres tú mi canta!

                          ¡No puedo cantar, ni quiero

                          a ese Jesús del madero,

                          sino al que anduvo en el mar!

 

            Actitud crítica que también puede entreverse en la "Copla de don Guido", aquel trueno vestido de nazareno.

 

            Antonio Zoido expresa así su percepción de la actitud machadiana:

 

 "Creía en la redención en alma y hueso (...), persona reflexiva; quizás demasiado. Como su padre, amaba al pueblo y hasta luchó por él mientras pudo, que, en su caso, fue lo mismo que decir hasta el final de su vida. Seguramente por eso escribió el cantar del rechazo (... ).Lo dijo como lo sentía y así quedó escrito".[38]

 

             Machado es el poeta de la reflexión, de la idea, con desconfianza hacia el alarde. En palabras de Manuel Alvar "la retórica no tiene mucha cabida en él", lo que provoca un repudio "hacia la metáfora y hostilidad hacia el barroco, porque la metáfora está en contra de la poesía directa y sencilla, desnuda y humana de la que Machado gustó  " [39]. Su espiritualidad y su poética aspiran a la mayor sobriedad y austeridad posibles.

 

Frente a la fiesta  desbordada, es la suya una espiritualidad de la contención. Se trata, en definitiva, de la misma actitud crítica que, años después, repetirán muchos movimientos cristianos, al encontrar discordante  la lógica cofrade con el impulso renovador del Concilio Vaticano II ( recuérdense momentos álgidos de este choque como, por ejemplo,  el pregón de la Semana Santa de Málaga de 1976 en que el obispo Ramón Buxarrais invitara a los cofrades a la venta "de todo aquello que no fuera estrictamente necesario" para atender proyectos de acción social )[40].

 

            No deja de ser paradójico, pues,  a la vista de lo expuesto, que en los últimos años se haya generalizado, por toda Andalucía, la adaptación musical del poema machadiano, debida al cantautor Joan Manuel Serrat, como marcha procesional.

 

            Poeta de palabra "a ras de tierra", Antonio Machado es valorado como el gran padre de la poesía "lógica" española del siglo XX: su legado alcanzará su momento cumbre durante los años cincuenta y sesenta, cuando la poesía realista y social domine el panorama lírico nacional, con su voluntad de una lengua literaria "sencilla" y su huida del goce formal en favor del compromiso socio-político, muy cerca del realismo socialista y su percepción de las "complicaciones" estéticas como interesadas costras, ocultadoras de estructuras socio-económicas alienantes.

 

                Con todo, un autor de tan arraigado compromiso marxista como Rafael Alberti manifestará su  conexión con el barroco popular pasionista en sus Coplas de Juan Panadero, eso sí, tejiendo una singular trabazón entre su imaginario político y el cofrade en estrofas como éstas:

 

              Déjame esta madrugada

              lavar tu llanto en mi pena,

              Virgen de la Macarena,

              llamándote camarada.

 

                       

              Oh, Virgen de la Esperanza,

              novia de los marineros,

              yo sé que nada se alcanza

              sin el campo y los obreros.

              Antes de entrar en Triana,

              quiero que mires el sol

              que ya sube en la mañana[41].

 

           

Durante el período de dominio de "la poesía sencilla", existieron, con todo, distintas alternativas, como la desarrollada por los poetas cordobeses agrupados en torno a la revista Cántico (años cuarenta y cincuenta), rescatados a nivel nacional, en los años setenta, por autores y críticos opuestos a la línea social, como Guillermo Carnero .

 

Es el suyo un excepcional trabajo de depuración de aquellas primigenias inquietudes modernistas, previamente filtradas por los logros de los poetas del 27. En él destaca, entre otros elementos, la importancia de lo religioso  como patria para el amor y el aprendizaje de los sentidos y la conciencia...

 

Y en Abril, cuando Córdoba huele a Semana Santa,

los altares cubiertos de flores redoblaron

nuestro amor y en la sombra violeta de los templos

juramos sernos fieles para toda la vida,

igual que aquellas aves que vimos una tarde

volar solas las dos por el aire suave,

 

canta Ricardo Molina[42].

 

Pablo García Baena explicita esta influencia:

 

"pienso que uno de mis maestros ha sido la Iglesia Católica, la liturgia. Desde pequeño he asistido a los actos normales en una ciudad de provincias: procesiones, oficios de Semana Santa... todo aquel boato que entraba por los sentidos, e indudablemente poseía una alta espiritualidad, desde niño hizo en mí una mella tremenda" [43].

 

Poeta de lenguaje exquisito y  - como se ha señalado recientemente - de esteticismo como rebeldía[44],  García Baena nos permite acceder en su poesía a la delicada evocación de la Cuaresma, al recuerdo infantil de la Oración del Huerto parándose en el balcón... Al paralelismo entre el supremo sacrificio de amor del Gógolta y el cotidiano de los amantes en "Viernes Santo". Escogemos como muestra de estas inquietudes su soneto a Jesús Nazareno de Puente Genil, El Terrible, dedicado al cantaor Antonio Fernández, Fosforito, natural de dicha localidad cordobesa:

 

Niega el alba la perla y las violetas

tu salida esperando, Sol sangriento,

y a tu lumbre real, primer aliento,

lirios de oro erige en las trompetas.

 

Cetro mortal, entre tus manos quietas,

el Árbol solio de tu sufrimiento

y un látigo de gules en el viento

borda tu espalda en púrpuras secretas.

 

Hastarios y el pontífice judío,

lábaros del Imperio y la serpiente

en cáliz de sibila plata oscura,

 

rinden a tu abandono y a tu frío,

a tu cansada majestad doliente,

cruenta monarquía de amargura.[45]

 

Refinamiento: inusuales vocablos como "hastario" o " lábaro" [46]; como en Rueda, Cristo-Sol. Cristo elevado a rey por el martirio (cetro mortal es la Cruz), al que saludan al tiempo el látigo y la trompeta[47]: rendida exaltación de enfrentadas sensaciones.

 

Cercana a la alternativa de Cántico fue la ofrecida por la revista malagueña Caracola. En ella, comenzó a publicar una poeta llamada a ocupar un puesto singular en las letras en lengua española: la pregonera de la Semana Santa de Málaga de 1985, María Victoria Atencia. Poeta de agua clara, de perseverancia en la luz aun desde lo más hondo de la herida. Su equilibrio en el delirio de lo real concuerda con el desgarro sosegado de María tras la consumación del sacrificio:

 

Tuve otra vez tu peso en mi regazo,

sin poder alentar.

La majestad del mundo, el tiempo detenido

que me trajo el mandato del arcángel

truécase en duelo y su espesor me ahoga:

la desposada con la pena soy.

Deja que esta agua que de mí desborda

lustre tu rostro, tus pestañas suelte,

pues no arrebata al mundo

la gloria cierta de la primavera

que en un livor de lirios resuelve los ribazos.

Váyame sola yo, teñida de igual púrpura,

dolor crecido sobre una tierra yerma  [48].

 

 

Como se recordará, al comienzo de nuestro trabajo señalábamos la concordancia con las grandes inquietudes de la poesía universal como uno de los filtros de autores y textos a atender en nuestro estudio (siempre, claro, desde nuestra discutible perspectiva). Qué duda cabe, en ese sentido, que un centro de preocupación medular para los grandes poetas, de todas las épocas, es el vértigo frente al paso del tiempo.

 

Una de las actitudes ante el mismo, singulares de la poesía contemporánea, va a ser la toma de conciencia de la realidad del tiempo como susceptible de formalización convencional y, por tanto, variable.

 

Como bien expresa la antropóloga Linda Lasky, citando a Norbert Elías

 

"en el centro de la discusión filosófica sobre la naturaleza del tiempo se han definido dos posturas: por un lado, el tiempo es un hecho objetivo de la creación natural (... ) En el campo contrario, domina la visión del tiempo como una manera de contemplar los eventos; manera que se basa en la forma de observar y percibir del hombre. El hombre como centro y, en consecuencia, como condición de la experiencia [49].

 

Planteamiento este último poetizado por Jorge Luis Borges de la manera que sigue:

 

" El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río, es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre, es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego[50].

 

Mediante la búsqueda de llaves a la prisión del tiempo, se participa, a la postre, en uno de los impulsos decisivos de la labor poética contemporánea: la voluntad de superación de todos los límites constreñidores de experiencia y conciencia.

 

" Procurad que delante de vuestros anhelos y de vuestras esperanzas se dilate siempre el infinito. No queráis nunca llegar a los límites, porque desde los límites ya sólo se puede regresar",

 

escribe Juan Ramón Jiménez.[51]

 

Rainer Maria Rilke (1875-1926 ) es, sin lugar a dudas, uno de los grandes padres de la lírica europea contemporánea. Sintetizar en unos breves renglones su cosmovisión creadora sería una tarea titánica:destacaremos únicamente la persistencia en él de la voluntad de disolución en el  todo, superando las mutilaciones que la limitada perspectiva humana ejecuta en lo real. Superando, en efecto, la conciencia convencional del tiempo, en favor de la asunción de la eternidad oculta tras el misterio de las mutaciones. Un ser privilegiado está cercano a esa aspiración trascendente: el niño... Así lo canta Rilke en su "Elegía cuarta de Duino":

 

¡ Ay, horas de la niñez, cuando detrás de las figuras había algo más que un pasado tan sólo, y el futuro ante nosotros no existía ! Cierto, nosotros crecíamos y a veces teníamos la urgencia de llegar pronto a ser mayores, en parte por amor a quienes ya no tenían nada, sino el hecho de serlo. Y, sin embargo, en nuestro solitario caminar, sentíamos el goce de lo duradero y nos quedábamos ahí, en el intervalo entre mundo y juguete, en un lugar que desde los comienzos se fundó para el puro acontecer[52].

 

Hay una fiesta que suspende el tiempo:que ofrece al poeta el recuerdo de los días de la niñez,en los que aún no se  había descubierto la muerte y la realidad estaba por estrenar. Días insólitos, repletos de dones para los sentidos recién despiertos. Rememorar esa fiesta, desde la lejanía, impregna de gozo y desgarro a la vez, y provoca el ingreso en una noción alternativa del devenir... Como en Rilke, la voz del poeta cobra tono de elegía:

 

Duele el incienso, duéleme en el alma

la lenta cera ardida, oigo el ruido

de los pies que sisean bajo el paso

en el silencio de la madrugada

como llamando, ¿ a quién ?,

como llamándome,

 

canta Rafael Montesinos en su soberbio poema "Madrugada del destierro", concluido con la constatación de la irrevocable pertenencia a la niñez,  patria espiritual que acerca a la eternidad:

 

Donde nací una vez, moriré siempre.[53]

 

           

            Se acerca a su fin esta comunicación, simple aproximación a un campo necesitado aún de una investigación mucho más ambiciosa. Esperamos, no obstante, que  haya ayudado a constatar la considerable riqueza de la relación existente entre destacados poetas y la Semana Santa andaluza, vivificada por aquéllos mediante la permanente renovación de su discurso (labor, por desgracia, con frecuencia desatendida, e incluso relegada en favor de códigos estereotipados).

 

No queremos que sea nuestra voz la que culmine este trabajo. Cedemos la palabra al poeta que le ha otorgado título: poeta que, mediante la evocación de los días santos de su ciudad, lejana en distancia y tiempo, encontró bálsamo para la herida del exilio y puerta abierta hacia el tiempo sin tiempo, hacia la dicha... hacia la Arcadia: Luis Cernuda... "Luna llena en Semana Santa":

 

Denso, suave, el aire

Orea tantas callejas,

Plazuelas, cuya alma

Es la flor del naranjo.

 

Resuenan cerca, lejos,

Clarines masculinos

Aquí, allí la flauta

Y oboe femeninos.

 

Mágica por el cielo

La luna fulge, llena

Luna de parasceve.

Azahar, luna, música,

 

Entrelazados, bañan

La ciudad toda. Y breve

Tu mente la contiene

En sí, como una mano

 

Amorosa. ¿ Nostalgias ?

No. Lo que así recreas

Es el tiempo sin tiempo

Del niño,  los instintos

 

Aprendiendo la vida

Dichosamente, como

La planta nueva aprende

En suelo amigo. Eco

 

Que, a la doble distancia,

Generoso hoy te vuelve,

En leyenda, a tu origen.

 

ET IN ARCADIA EGO[54].                                                  Muchas gracias.

                  

BIBLIOGRAFíA

 

            Dadas las limitaciones de espacio a las que nos debemos, destacamos a continuación las referencias bibliográficas que consideramos más significativas respecto a la materia abordada, que deberán completarse, por lo pronto, con las presentes en las notas a pie de página, y con las de próximas indagaciones.

 

ARCHIVO F.X. Y GARCÍA ROMERO, Pedro, SACER.. Fugas sobre lo sagrado y la vanguardia en Sevilla, Sevilla, Universidad Internacional de Andalucía, 2004.

 

ATENCIA, María Victoria, La señal, Málaga, Ayuntamiento, 1990.

 

CERNUDA, Luis, Las Nubes; Desolación de la Quimera, edición de Luis Antonio de Villena, Madrid, Cátedra, Letras Hispánicas, 1991.

 

CHIAMPI, Irlemar, Barroco y Modernidad, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2000.

 

CRUZ GIRÁLDEZ, Miguel, “ Las visiones literarias”, en Sevilla penitente, tomo I, Sevilla, Gever, 1995, págs. 303-343

 

GARCÍA BAENA, Pablo, Poesía completa ( 1940-1997 ), prólogo de Luis Antonio de Villena, Madrid, Visor, 1998.

 

GARCÍA LORCA, Federico, Obras completas ( 4 tomos ), edición de Miguel García-Posada, Barcelona, Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores, 1996.

 

GARRIDO MORAGA, Antonio M.,

 

            “ Ruptura del modelo Barroco en un soneto de Salvador Rueda, dedicado al Cristo de Mena”, en Actas delSimposio Nacional “ Pedro de Mena y su época”, Málaga, Junta de Andalucía, 1990, págs. 577-585.

 

            “ Literatura y Semana Santa”, en Vida cofrade y entorno de las cofradías malagueñas, Málaga, Arguval, 1989.<